Artículo del "SUN HERALD SUNDAY"
Russell no detiene ni el ritmo de sus pasos ni la conversación, esperando que el perseguidor abandone. No lo hace. “Hey, Russell! ¡Russ! ¡Hey Russ...” Al final Crowe se para en medio de una frase y se vuelve. El hombre joven se detiene también, y saca una cámara. “¿Puedo hacerte una foto?" Dice, no tanto como una pregunta como como una declaración de intenciones. “Realmente preferiría que no, gracias” responde Crowe educadamente, sin que su voz traicione nada de la irritación que yo sé que siente. “Pero que tengas un buen día ¿Ok?” El hombre joven se queda abiertamente aturdido y por un momento yo temo que dará voz a la mueca de disgustado desprecio que hay en sus labios. Pero Crowe ya se ha vuelto y nos vamos, dejando detrás un cuento que será repetido 1000 veces, uno que se añadirá a la gran biblioteca de folclore que dice que Russell Crowe es el capullo más grande de la historia del cine. Y todo el mundo lo creerá.
Así es como funciona con Crowe, un hombre que parece ser la víctima de alguna clase de alucinación de masas. Acepta la mayor parte de lo que lees u oyes y creerás que es un gilipollas beligerante que está tan enamorado de sí mismo que ni siquiera sabe lo estúpido que parece. ¿Podría haber escogido la vida de actor si hubiera sabido que era así? Por alguna razón, su respuesta me coge por sorpresa: “Todas esas cosas” dice “las cosas negativas... no importan. La realidad de mi vida es que consigo trabajar con grandes artistas en el medio artístico más caro que existe y que me permite proveer a mi familia, a mi familia política y a todos mis amigos con un montón de experiencias y una forma totalmente diferente de vivir nuestras vidas” Sonríe. “Yo tengo una vida espectacular. No dejes que te confundan...”
Conocí a Russell Crowe hace seis meses. El había leído algo que yo escribí -una historia sobre como las revistas del corazón se inventan las cosas- y quiso invitarme a comer. Así comenzó una relación de alguna clase -una relación por la que me vi como voluntario para hacer algo así como publicidad subterránea de Crowe el músico, filtrándome en los medios en misión de buena voluntad con “My Hand, My Heart”, su primer disco en solitario desde la implosión en marzo de su banda 30 Odd Foot of Grunts (TOFOG). Como el ministro de la muerte en “The Right Stuff”, mi silueta aproximándose ha sido motivo de susto para los periodistas durante meses -y podría asustar un poco más todavía-. Mientras, ha sido un tiempo interesante para conocer a Crowe y he aprendido mucho sobre el hombre, el mito y su relación con los medios.
Es una historia que no creí que podría estar contando tan pronto, pero nosotros tuvimos un exaltado intercambio, Crowe y yo, del cual no estoy seguro de que nos recobremos. (En un e-mail diseñado para aclarar el ambiente le ofrecí el papel de Batman en la fiesta del sexto cumpleaños de mi hijo pequeño. No he tenido noticias de él desde entonces). Podría parecer un buen momento para decir lo que sé, desde que no tengo ni una amistad a quien halagar ni ninguna relación personal que echar a perder. La mayor parte de las cosas que se leen sobre Russell Crowe son contaminadas por una u otra.
La celebridad más incomprendida en la tierra es exactamente eso porque es difícil de entender, una confusa mezcla entre el clásico fanfarrón de Hollywood y un fornido arrabalero. Es un tipo duro que aterrizó en Hollywood como un skinhead pero jura, sin sombra de ironía, que su película favorita es “La princesa prometida”.
“Yo simplemente no debería estar en mi posición”, dice él, intentando explicar por qué a alguna gente no les gusta “Un niño de barrio con una educación descuidada e incompleta, cuyo exterior parece tan brusco, simple y funcional, no puede poseer el interior que exhibe en la pantalla. Debe de ser un truco de la luz.”
Posee un insondable intelecto, que puede expandirse y contraerse de sofisticado a brutal en el tiempo que dura un parpadeo. Uno puede cometer un montón de errores con Crowe por asumir que es realmente un maestro del ajedrez cuando todo lo que está haciendo es mover de blanco a negro. Y al contrario, también.
Tiene una sobresaliente memoria y te puede sorprender con insignificantes detalles de tu propia vida, capturados y retenidos cuando aparecieron en las conversaciones más intrascendentes. Curiosamente, esta cualidad no es una calle de dos direcciones: muchas veces he oído la misma historia dos veces de Crowe, la intensidad de su mirada convenciéndome en al menos una ocasión de que era una prueba. El no está por encima de tales exámenes.
En nuestro primer encuentro me hizo preguntas que realmente no deberían ser hechas a una persona a la que acabas de conocer, como por ejemplo cual era mi sueldo. Que yo las respondiera igualmente fue quizá afortunado.
“Yo le hice un par de peguntas” Recordó Crowe recientemente de su primer encuentro con su agente en Hollywood George Freeman en 1992. “Eran preguntas a las que otra gente me había dado respuestas chorras, preguntas realmente personales. El me miró directo a los ojos cuando respondió lo que yo sabía que era la verdad”. Hoy, George Freeman es todavía el agente de Crowe.
Más allá de tal gravedad está el sentido del humor de un escolar, una risa chillona que surge de las profundidades de la garganta de Crowe expresando diversión, usualmente ante pensamientos del lado incorrecto de la ley moral. Está inclinado a fingir voces extranjeras, como si practicara dialectos mientras está entre trabajos. Yo me he dado cuenta de que nunca son acentos de personajes que haya ya interpretado y me he preguntado si esas voces pertenecen a criaturas desesperadas por salir a la luz (puedo revelar que necesita urgentemente un papel como capellán de prisión irlandés).
De sus sonrisas (tiene varias en su repertorio), hay una que me gusta en particular: una que aparece cuando hace un chiste y ve que te ha gustado. Es como la sonrisa de un adolescente, la sonrisa de felicidad del intérprete que sabe lo que está haciendo. Cuando esa sonrisa aparece, todo está bien en el universo de Russell Crowe y su órbita es un lugar maravilloso donde estar.
A pesar de que no constituye una sorpresa, es sin embargo alarmante como su buen humor se evapora cuando uno abre el tema de su trabajo. Crowe es perfectamente feliz riéndose de sí mismo, del marido imposible y el amigo pesado, pero su arte no está abierto al ridículo, no importa la buena voluntad que el chiste pueda tener. Más de una vez he abierto mis ojos sonrientes para encontrarme con la cara de granito de Crowe sentado derecho, con las manazas en sus rodillas como una esfinge. No hay diversión en ese templo.
Como la mayoría de nosotros, Crowe no toma las críticas terriblemente bien, a pesar de que su ego lidia con asesinos muy perjudiciales, de hecho. Después de gastar alguna energía discutiendo por qué a un periodista local parecía disgustarle su música, Crowe parecía dispuesto a recibir las noticias de lo que yo había descubierto: que la opinión del crítico se basaba en un particular concierto de TOFOG que había visto muchos años antes y que estaba de acuerdo en que quizá había llegado el momento de dar a Crowe otra oportunidad. La respuesta de Crowe fue menos acomodaticia “La banda echaba humo esa noche” dice “Así que le jodan”.
El posee una energía ilimitada para hablar de su carrera, hasta el punto de que parece algo egocéntrico. Pero cuando le pregunto por sus momentos favoritos de sus propias películas, cita una exhaustiva lista del trabajo de todos los demás: “Jenny (Jennifer Connelly) dándose cuenta de que su marido no tiene un amigo llamado Charles (“Una mente maravillosa”)... Joaquin Phoenix y su ocupado círculo social (en “Gladiator”)... Helen Slater hablando a los gangsters yakuza en “La fuerza de la Sangre”.... Ni un solo segundo de sí mismo entre ellos.
También tiene tendencia a involucrarse demasiado con los medios. Los periodistas de toda la ciudad tienen historias de Crowe en el teléfono, telefoneándoles para que editen su copia por poderes. Yo sugiero que esto podría ser por lo que los medios le tienen tanta manía, revelando una línea de imperfección en la cual Crowe y yo nos enfrentamos rotundamente. “Creo que es ridículo implicar que estoy confabulado o en la cama con los medios” dice “Una noción ridícula. Y cínica, porque parece que esas mismas voces son las que, hace dos años, estaban gritando a los cuatro vientos que mi distanciamiento y frialdad eran el problema.”
El tiene un punto. Cuando Crowe se levanta y lee el periódico, lleno como está con basura sobre él, reacciona como cualquiera de nosotros haríamos, cogiendo el teléfono y solucionándolo. Pero yo creo que se olvida de lo que es y quien es, que se hablará de él y se escribirá sobre él mucho tiempo después de que se haya ido -mucho tiempo después de que Charlie se haya ido, también-. Y apostaría a que encontrarán extraño que Crowe tuviera un interés en los columnistas de cotilleo, como si Enrique VIII hubiera escuchado a escondidas en prostíbulos para oír qué decían las prostitutas sobre él.
Pero por encima de todo eso está un corazón genuinamente cálido a pesar de que la mayoría de las pruebas que tengo de eso no pueden publicarse. Yo le he oído decir más de una vez: “Si quieres conocerme, mira mis películas”. Desde que Crowe ha sido libre de elegir sus papeles, se ha separado muy poco de sus grandes valores: el autodestructivamente honesto Dr. Jeffrey Wigand (“El Dilema”, 1999), el suicidamente paternal Maximo (“Gladiator”, 2000), el sensitivo John Nash (“Una Mente Maravillosa”, 2001), el temerario y tozudo Capitán Jack Aubrey (“Master & Commander”, 2003). Y ahora ahí está James Braddock, el boxeador de la época de la Depresión que puso su vida en peligro por su familia en “Cinderella Man”.
En una escena a la mitad de la película, Braddock, roto y desesperado, aparece gorra en mano en su viejo club de boxeo. A pesar de lo que le duele hacerlo, suplica caridad y los caballeros congregados, al principio avergonzados por la intrusión, lentamente comienzan a aportar. Y es entonces cuando el Braddock de Crowe consigue esa mirada: una mirada horrible, de ojos húmedos, perdida, que convierte su cara en un saco de tristeza, humillación y gratitud todo al mismo tiempo. Es un momento que hace estremecerse no por Braddock, o incluso por Crowe, sino porque esa cara pueda existir y alguien haya tenido incluso que llevarla.
“Todo lo que estoy haciendo en ese momento” dice Crowe “es simplemente ser ese tipo que acaba de hacer eso y todas las cosas de su vida antes, ambas las resueltas y las no resueltas. Sólo estoy interpretándole en ese momento y lo que ves es exactamente lo que estoy pensando sobre ello. Esa es la forma en que funciona. Yo no estoy en ninguna otra parte. No hay nada más en mi mente”. Es aquí cuando el dilema de Russell Crowe se complica. ¿Dónde acaba el actor y dónde empieza el hombre?. “Esta es mi universidad”, declaró una vez delante de mí, sacando un libro de la biblioteca de su casa. “Yo me pasé toda mi juventud pensando que cuando dejara el instituto podría ir a la universidad y estudiar historia, que podría trabajar duro y conseguir un master. Pero no ocurrió. Mi padre estuvo sin trabajo durante 14 meses en mi último año de instituto y no pude conseguirlo. Esto me devuelve a ese lugar.”
El libro era una biografía de Lord Nelson, las páginas acribilladas y arruinadas con marcas, cada segunda página o así ensuciada con pintadas o señalada con notas que hablaban de la intensidad del estudio. Todo esto, dice Crowe, para la escena de 30 segundos en “Master and Commander” cuando el Capitán Jack Aubrey hace un chiste sobre Nelson.
Le hace a uno preguntarse qué lejos este hombre, tan adepto a metamorfosearse en otras criaturas, podría estar dispuesto a llegar para dejar una buena impresión.
El podría argüir que mi preocupación no tiene sentido, que la habilidad no es para ser minimizada en algo como lo que utiliza “el vendedor de zapatos, o el político demagógico, que se aprovechan de la confianza. Eso es sobre lo que estás hablando” Pero es difícil saber donde la vida de un actor comienza y acaba, particularmente cuando tanto depende de la publicidad.
Quizá hemos llegado a desconfiar de esta gente que tan fácilmente nos convence, una y otra vez, de que son lo que no son. Y Crowe es uno de los mejores en eso. Puede que no exista algo como un “actor nato”, pero uno puede convertirse en un actor lo suficientemente bueno. Y una vez que pasas de ser actor a convertirte en una estrella, ya no vas a volver a ser la persona que eras, ni vas a volver con la gente como nosotros que dejaste atrás. Eres especial y ya no perteneces a la audiencia.
Es una diferencia cuyo alcance se vio claramente en el Hotel Mercer en Junio. El ahora famoso “Lo que tú digas” de Nestor Estrada -abreviatura para “No me importa quien eres”- podría haber sido una expresión escandalosa de ser soltada a cualquier otro huésped de 4.000 dólares la noche. Contra Crowe, es un eslogan de triunfo para la gente humilde. Y su violenta reacción, aparentemente, inaudita en esas malas calles de Brooklin.
“Mi mujer está indignada y enferma de las caras severas y las miradas de ojos tristes que la gente le dedica por la calle” dice Crowe “y algunas veces desearía poder llevar a toda esa gente aparte y decirles lo fabulosa que es su vida, cuanto disfruta de las alegrías que le da su marido y lo centrado que él está en ella. Pero aparentemente, la otra forma de solventar el problema es que yo simplemente esconda la cabeza”.
Russell Crowe, creo yo, es un hombre desesperado por mantenerse en contacto con la gente ordinaria. Nunca confortable en la estratosfera del estrellato -el inevitable destino de este “plan de empate”- él anhela volver al vecindario, volver al jaleo de los viajes en tercera clase, al fútbol y los cigarrillos y el honesto lenguaje malhablado. Así acecha los vestuarios de los equipos de fútbol, hace sus propios CDs que regala a los amigos (y en ellos hay música que se desvela como tranquila y simple -sin orquesta, sin destellos eléctricos, sólo guitarras y tambores y una historia). El llama a los periodistas y les da su número de teléfono. El quiere que nosotros sepamos que está aquí en el mismo nivel que nosotros.
Pero algo ha cambiado desde que se fue a Hollywood y ahora ya no pertenece al resto de la gente. Tratando de ser uno de nosotros, no se está comportando como una estrella y eso está confundiendo a todo el mundo. Como los caballeros del club de boxeo en “Cinderella Man”, pero con las fortunas al revés, todos estamos avergonzados de que el gran hombre esté de vuelta entre nosotros. Simplemente le hace parecer tonto.
Le sugiero que debería tener la piel más dura. “Probablemente tienes razón” replica. “No estoy haciendo un buen trabajo con eso... obviamente. Soy demasiado blando para la realidad del trabajo. Pero todavía no he conocido a un gran actor que no fuese palpablemente humano y asequible”.
Crowe está sentado en su mesa de trabajo. Es tarde y está cansado. Yo voy a salir a tomar algo. Algunas veces simplemente necesito hacer eso, escapar a algún agujero donde nadie me conozca y salir fuera de mi vida por algún tiempo. Me pregunto en voz alta si Crowe necesita eso, también, y como puede conseguirlo en estos días.
“Sí” dice frunciendo el ceño “No hay nada de eso ya”. Parece triste por un momento pero es sólo una estratagema. En un flash aparece esa sonrisa de nuevo y el capellán de prisión habla francamente de una vida espectacular.
“Ah, tómalo como viene, hijo...”

