lunes, 12 de junio de 2006

Artículo de Jack Marx

Este polémico artículo apareció el día 6 de Junio (aniversario del arresto de Russell y no creo que eso sea coincidencia) en el Sidney Morning Herald. Sara lo ha traducido.




YO FUI UNA COMPARSA DE RUSSELL CROWE


Jack Marx

7 de junio de 2006-06-08


Era marzo de 2005 cuando una estrella del cine ganadora de un oscar me llamó. Había leído un artículo que yo había escrito –algo acerca de cómo los magazines construían mentiras sobre los famosos- y había averiguado mi número. Quería que nos encontráramos para comer. Me preguntó si era de confianza. La ultima cosa que quería ver en el periódico, dijo, era alguna historia sobre un almuerzo con Russell Crowe. Le dije que no se preocupara. Yo tampoco quería leer esa historia.

El día siguiente quedamos en un restaurante de su elección, yo en mi mejor tres piezas y sombrero, él en chándal y gorra. Esperaba que no me importara, pero ya había llamado y ordenado comida para ambos. Estaba seguro de que sería de mi agrado. La siguiente hora y media fue básicamente un interrogatorio en el cual Russell Crowe, cabeza baja sobre el plato, lanzaba pregunta tras pregunta, desde debajo de su gorra. Donde había crecido? Como había sido mi infancia? Que hacia mi padre? Estaba tan ocupado respondiendo preguntas que apenas tuve un momento para probar la comida.

Al final, Russell anunció que tenía una pregunta más, a la que yo podía elegir responder o no, si así lo deseaba: Quería saber cuanto ganaba. Y como un chaval al que el rey le pregunta su edad, se lo dije.

Se levantó, estrechó mi mano, me dio las gracias por ser tan amable y se despidió, añadiendo que si deseaba ver a sus amados Rabbitosh, solo con llamarle él me encontraría una butaca en un palco privado.

Esa noche, en nuestra casa alquilada del oeste de Sydney, mi esposa Kellie y yo discutimos el significado de todo esto. Podía ser que Russell Crowe necesitara un escritor? O un amigo? Tu no le preguntas a un hombre su salario a menos que planees emplearle, no? Tan intrigado como estaba, decidimos intentar olvidarlo antes de que nos volviera locos, para catalogarlo nada más que como un encuentro inesperado con la fama global.

Unas noches después recibí una llamada de un hombre con acento americano. Su nombre era Keith. Era el asistente personal de Russell Crowe, y deseaba saber si era posible que yo aceptara una invitación para el fútbol. La liga de rugby no es lo mio, pero quedarse en casa podía ser estúpido; también podría constituir un abandono de mi natural instinto curioso. Y asi que Kellie y yo nos vestimos para una noche en la ciudad y fuimos al futbol, donde nos encontramos a Russell, a su hijo Charlie, a las nanys de Charlie y a muchos amigos de Russell, todos vestidos para un día en el fútbol. A pesar de que Russell estuvo encantador y todo el mundo fue amistoso, mi esposa y yo nos sentimos tan estúpidos -cómo marionetas plebeyas en el cobertizo del hombre rico- que regresamos a casa esa noche de acuerdo en no volver a relacionarnos con Russell Crowe. Su mundo no era lugar para nosotros.

Pero las llamadas continuaron. Keith quería una dirección de email; otra asistente llamó deseando saber mi paradero exacto, en ese momento, porque ella tenía un libro que Russell prometió darme y sus ordenes eran dármelo personal e inmediatamente, lo cual ella hizo en una atestada calle de Sydney.

Por ahora, estaba claro que, a menos que me estuviera atosigando por un capricho extraño, Russell tenía en mente algo para mi. Pensando que no sabía lo que podía ser, mi imaginación se desbordó y empecé a vislumbrar una nueva vida para mi y los mios –ropa para Kellie y nuevos juguetes para mi hijo pequeño, todo para ser disfrutado en una casa de nuestra propiedad. Después de todo, aparte del Primer Ministro y los magnates de los medios de comunicación, no había nadie más poderoso en Australia que Mr. Russell Crowe, y cualquier miga que se resbalara de su mesa podría constituir un banquete en mi mundo. Después, una tarde, Keith llamó para preguntar si yo tenía un momento para su jefe. Russell vino al teléfono y durante unos minutos tuvimos una charla. Luego me preguntó si disponía de un rato esa semana, porque deseaba que fuera a su casa a escuchar algo de música.

Su música.

Se me revolvieron las tripas. Yo no conocía en absoluto su música, pero si que estaba familiarizado lo suficiente con el aprecio que la tenían esos cuyas opiniones parecen importar. Todas estas semanas iban de esto?

Con ese presentimiento, hice la caminata hasta el muelle de Woolloomoollo unas noches después, ensayando esos tópicos sin valor de los críticos que había extraído de mi época como critico musical. “Interesante” “No es exactamente lo que esperaba” “Sorprendente, no es la palabra idónea”

Un guarda de seguridad vino a mi encuentro a la puerta y me escoltó hasta el ascensor, pasándole la batuta a Keith cuando las puertas se abrieron al oscuro y románico vestíbulo. Keith estrechó mi mano y me condujo a través de un largo corredor donde se alineaban guitarras clásicas, y de ahí a la guarida de Russell, una especie de cabina del capitán con vistas al sky line del puerto de Sydney. Señalándome el sofá, keith me dijo que Russell estaba temporalmente ocupado en otra parte de la mansión-apartamento y que había sugerido que yo escuchara el cd mientras tanto. Me puse cómodo y Keith puso en marcha el sistema de sonido y rápidamente abandonó la habitación, cerrando la puerta tras él.

Para ser buenos, la música de Russell era sorprendente. Donde yo habría esperado fango, un barullo sin melodía, lo que me encontré escuchando era algo mucho menos admirable –el rasgueo sin color de un músico de metro barnizado con la capa desodorizada del rock cristiano. Lo más caritativo que podía sentir acerca de ella era que no resultaba ser del todo una mierda.

No se lo que me hizo mirar hacia el techo, pero cuando lo hice me di cuenta que había una cámara dirigida hacia mi. Hasta hoy, no se si era una lente o simplemente una lámpara de toda la vida, pero por si acaso, empecé a mover mi cabeza, por si había alguien observando desde alguna sala de control.

Después de 37 minutos las diez canciones terminaron y el rasgueo final fue un “wang”, una puerta se abrió y Russell apareció, haciendo notar su “oportunidad”. A esto siguió un silencio tenso hasta que finalmente preguntó por mi opinión. Le dije que su música era “interesante” y que “no era exactamente lo que esperaba” Me preguntó que cual de las melodías me había gustado más y, afortunadamente hojee un título de la carátula (desgraciadamente, resultó ser una de las canciones que él no había escrito)

Habló un rato sobre los medios de comunicación y lo rápidos que eran en describirle como un mentecato, musicalmente hablando, cuando el sospechaba que ellos no habían escuchado ni una sola nota. Russell Crowe el músico, dijo, estaba lidiando con un espantoso problema de Relaciones Públicas. Fue entonces que le pregunté –porque sabía que debía hacerlo- como podría serle de ayuda.

Russell dijo que necesitaba “un campeón”, alguien que pudiera cambiar la forma de pensar de la gente y hacerla ver que su música no era horrible. En esencia, necesitaba un publicista guerrillero –un fontanero, o algo así, que desatascara el tapón de la buena voluntad de los medios, empujando su música en los oídos de los periodistas cuyas opiniones estaban paralizadas por los prejuicios. El resto del mundo podría seguirles. El se preguntaba si yo podría ser tal campeón.

En este punto saque de mi bolsillo un libro que había publicado a finales de siglo. Le conté la verdadera historia del tiempo que había pasado buscando al ídolo del rock and roll de mi juventud, encontrándole en la más absoluta miseria en una pequeña ciudad de la costa, un inválido recluido después de 25 años de adicción a las drogas. Yo pase unos meses con él, finalmente me mudé después de que las relaciones que había hecho se convirtieran en tan criticas que otros pocos días podrían haber sido fatales. Yo convertí la experiencia en una especie de fábula moderna, un cuento que advierte de los peligros de llegar a estar demasiado cerca de uno de tus ídolos.

El libro había arrastrado mi nombre por el fango entre aquellos que querían creer que los únicos crímenes en los estaban envueltos las estrellas del rock eran aquellos perpetrados por periodistas y biógrafos.

No se por qué le di el libro a Russell. Quizá sentía como una obligación de admitir ante él quien era yo realmente, como un nuevo amante revelaría la historia de un herpes. Cualquiera que fuera el caso, yo recuerdo muy claramente decirle a él que las páginas de ese libro contenían todo lo que el podría necesitar saber acerca de mi y que lo leyera antes de seguir adelante. El dijo que lo haría (Sospecho que lo leyó pero recientemente)

Mientras tanto, yo prometí considerar convertirme en su campeón. De vuelta a casa, discutí los eventos de la noche con mi esposa. La música de Russell llenaba la habitación mientras nos retorcíamos histéricos en el suelo ante el patético faustiano de mi ultimo dilema. Solo habían sonado unas pocas canciones cuando sonó el teléfono –era Russell- Quería saber si iba a ponerle el cd a mi esposa esa noche. Le dije que lo haría. Pregunto si no me importaba que le llamara esa noche, porque ella podría tener algo positivo que decir.

Colgué el teléfono e informé a Kellie que a partir de ahora este era también su problema, añadiendo que “sorprendente no es la palabra idónea” estaba aun disponible, si ella necesitaba usarlo. Nos retorcimos aun más, teníamos una situación peliaguda en el horno.

Le di muchas vueltas al asunto en los días siguientes, hasta que finalmente decidí que el confor de la música de Russell no era tan importante. La cuestión era si me importaba él lo suficiente para hacer lo que él quería. Y debo admitir que el estaba entrando en mi corazón –la sonrisa plena de un muchacho, los ojos traviesos, y la mezcla entre hombre y niño que hay en él. Me había parecido inteligente y atractivo, no el bufón de la leyenda moderna precisamente. La verdad es que estaba encantado, si hubiera sido una mujer, creo que podría haberme enamorado de él perdidamente. Como hombre hecho y derecho, sentía que podía confiar en él. A menos que fuera muy buen actor.

Le llame para decirle que había decidido ser su campeón. Me ofreció una generosa paga, que decline. No quería ofenderle, dije, y no estaba seguro de si nuestra empresa resultaría un éxito. Si las cosas funcionaban, podríamos discutir esos asuntos mas adelante. Mientras tanto, lo único que necesitaba era una partida de gastos que cubriera la cerveza y los skittles que los periodistas exigen.

Y comencé mi guerra de guerrillas espiando a los periodistas de mi ciudad con el cd de Russell en el portafolios. Había construido un complejo argumento basado mayormente en una visión negativa: Por que no podría la música de Russell Crowe ser escuchada? No tenía el mismo merito que la mierda que rockanroleaba alrededor del reloj actualmente? Si uno no supiera que era Máximo cantando, se podría seguir haciendo mofa con risitas?

El asunto era complicado. Algunas periodistas se reían abiertamente en mi cara, otros absorbían mi cháchara con sonrisas dolidas, como los amigos de un paciente terminal que juran que realmente el mundo es maravilloso.

Una vez a la semana o así, me arrastraba hasta el muelle de Woolloomooloo, donde Russell y yo nos interrogábamos. Algunas veces, ya tarde en la noche, escuchábamos música entre nubes de neblina púrpura. Me regaló historias sobre los capitostes de Hollywood, sobre las cláusulas no conocidas de los contratos y del lenguaje del juego, sobre los grandes actores con los que había trabajado y sobre los estúpidos también. En toda mi vida había pensado que podría ser tan entretenido escuchar a un hombre hablando.

Una vez entre en su casa y le encontré sentado entre guiones, amontonados como una metrópolis sobre la mesa y alrededor de él. Era solo una parte de lo que su agente había considerado enviarle, y unos pocos podrían tener la talla suficiente como para captar la atención de Russell. Algunos se convertirían en películas en algún momento, como había pasado con Matrix, un guión del cual había decidido pasar. Russell “no lo veía”, dijo, el tema de una hermosa farsa escondiendo la cruda realidad no era algo que le interesara.

Observé el reloj interno del mundo de Russell Crowe. Raramente estábamos solos, con las puertas abiertas y una legión de paniaguados empeñados en mantener el orden sin ser vistos. En una ocasión, Russell le pidió a un chico que nos trajera algo de queso y galletas, cosa que hizo. Momentos más tarde, casi sin interrumpir la conversación, cogió el teléfono que estaba como a un brazo de distancia y declaró que las galletas estaban ligeramente manidas (yo no lo había notado) en un abrir y cerrar de ojos, una nueva remesa llegó de la cocina, traído a la mesa por un hombre distinto. No creo que volviera a ver nunca más a este Agente Ejecutivo de las galletas.

Y fue por esa época que vi la evidencia de algo que me hizo poner mala cara –la extraña afición de Crowe por la manipulación chapucera de los medios. Parecía que Russell estuviera recorriendo su propio circuito, un hombre de relaciones publicas arregla campañas. Era igual que yo, pero él bregaba por si mismo con los periodistas, mientras que yo lo hacía por su cd. Examinaba a fondo la prensa diaria y llamaba a los periodistas personalmente, castigándoles por las inexactitudes percibidas. No había nada moralmente corrupto en ello, pero me pareció una forma absurda de pasar el tiempo para un hombre de su nivel. Algunas veces ni servía de nada.

Una vez se jactó de haber llamado a una destacada columnista de chismes de Sydney que le había ofendido, prometiéndole que si publicaba una o dos palabras positivas, él le concedería una entrevista en exclusiva. Por arte de magia, una agradable mención apareció en su columna de la semana siguiente y a ello le siguió la entrevista en exclusiva. Era dudoso, pensé, que esta transacción no hubiera sido notada por los semejantes de la columnista, que la habían considerado a ella débil y a Russell, definitivamente, un entrometido. Si él necesitaba una respuesta a por qué disgustaba a tantos periodistas, creo que no necesitaba mirar más allá.

Que yo fuera parte de toda esta tontería no suponía ningún costo para mi, pero a veces me causaba problemas más allá de la vergüenza. Una tarde discutí con Russell sobre un determinado periodista al que él desagradaba, y sugerí algún consejo que podría ser útil para cambiar la forma de pensar de dicho periodista.

Con una risita de adolescente, Russell sacudió su cabeza y declaró que si le causaba muchos más problemas, tendría que matar a ese bastardo. Estaba bromeando, por supuesto, y ambos nos reímos a carcajadas. Pero me hizo pensar: me pregunté si esto había llegado a ocurrir en los anales de la historia de Hollywood con la prensa. El Sindicato ha matado por menos, y estamos hablando de fortunas multimillonarias.

En junio, Russell se despidió de mi y me deseó “buena caza” Se iba a América a promocionar su nueva película, Cinderella Man. Volvería a verme en un mes o dos, cuando quizás saliéramos a por una cerveza. La vida se estaba poniendo mejor para todos nosotros.

Poco después, mi esposa me despertó una mañana con lúgubres noticias: Russell Crowe estaba en la televisión, esposado. Le había lanzado un teléfono a un conserje de un hotel en NY y había sido acusado por agresión. Aparentemente, había tenido problemas llamando a casa y se le habían fundido los plomos. No me sorprendió –rara vez, Russell me había llamado personalmente, dejaba que Keith marcara primero.

Le envié un mail diciéndole si había algo que pudiera hacer para ayudar, sin saber realmente si podía hacer algo. Me contestó dándome las gracias, pero declaró que era su problema. Le haría frente por sus propios medios.

El siguiente día, los medios locales eran muy caritativos: Russell, parecía, había sido mal interpretado. Un columnista de un periódico local, sobre el lado oscuro de Russell, escribió sobre una reciente visita a la casa de Russell y una consiguiente conversación telefónica , y de ello deducía que “en mi opinión el hombre ha cambiado” Un reportero de espectáculos declaró en la televisión nacional que Russell era “un tipo encantador”, porque él, también , había estado en su casa. Un destacado locutor de radio emitió una abrumadora cantidad de llamadas positivas de los oyentes. Más tarde consiguió una entrevista exclusiva con Russell Crowe, del que dijo que “era un colega”

Preocupado por los sucesos recientes, decidí suspender mis actividades hasta que Russell regresara. Por toda clase de razones, me parecía que no era el momento de vagar por la ciudad pregonando las virtudes musicales de un hombre que estaba en primera plana.

De regreso al país, Russell me convocó, y, una vez más, me arrastré hasta el rompeolas de Woolloomooloo. Estaba pesimista –había estado paseando, dijo, con un blanco en su culo y el mundo había afinado su puntería. La prensa había sido injusta, lo mismo, dijo, que el conserje, que no había mostrado “ninguna intención de arreglar las cosas” Había sido humillante, dijo Russell, haber tenido que mostrar remordimiento en publico, cuando todo lo que realmente sentía era el hecho de haberse metido en un gran problema. El conserje había dicho “si, si, lo que tu digas” –palabras, que según Crowe, constituían “el más bajo de los insultos” que uno puede expresar, tanto como decir, “No significas nada para mi, no eres nadie” y si vas a pronunciar esas palabras ante otro hombre, en estos tiempos violentos, mejor prepárate a levantar los puños.

Semanas más tarde, recibí un mail de la compañía responsable del éxito de Cinderella Man. Tenía que escribir una historia, dijeron, y querían saber de mi disponibilidad para entrevistar a la estrella. Respondí diciendo que no iba a escribir tal historia –yo estaba demasiado cerca de Russell y hacerlo sería impropio. La replica fue el silencio.

Pocos días después, la editora de un Magazine dominical de gran tirada, me envió un mail preguntándome cuando podría tener la historia de Russell Crowe. De nuevo, respondí que no haría tal historia, que estaba seguro de que Russell no lo aprobaría. Ella respondió, que había sido Russell, de hecho, quien me había citado por mi nombre.

Esto constituía un problema, puesto que Russell no me había dicho nada. Estaba seguro de que el había aprendido lo suficiente sobre mi para saber que no me entusiasmaría esa idea. Le mandé un mail preguntándole lo que pensaba. Pasaron 22 horas. Cuando su respuesta llegó, fue directo al grano. Había un periodista en Londres, escribió Crowe, que había escrito mucho sobre él, como consecuencia de ello había disfrutado bebiendo con él en 22 ciudades del mundo. Este periodista había resistido muchas presiones para escribir malas historias sobre Russell, y por ello era apreciado y recompensado. “Así que tu verás, Jack”, escribió. “No todos los periodistas son unos cabrones”. Añadió que si yo quería escribir la historia, entonces, él “estaba encantado”

Es más, Russell me informó que mi misión publicitando su música no había sido mas que una prueba. Su “maquiavélico plan” había sido convertirme en su propio “publicista de un solo cliente”, para Año Nuevo, en lugar de su actual publicista, de quien pensaba deshacerse. Si yo elegía no escribir la historia, dijo, no habría una nueva oferta, simplemente, sería cancelada. La elección era exclusivamente mía.

El potencial para la tragedia en este quiebro del camino, me fue mostrado unas semanas después, cuando Russell nos invitó a mi esposa y a mi a su granja en la Costa Norte. Su banda estaba tocando en una ciudad cercana, donde cualquier tipo de público podría converger para el espectáculo. Conocimos a la extensa familia de Russell, que sabían nuestros nombres, y comimos con Kevin Spacey, a quién mi esposa no reconoció, preguntándome que instrumento tocaba “el tipo de la boina” en la banda de Russell. Russell nos enseñó la propiedad de 1800 acres: establos, el artístico estudio de grabación, la maravillosa capilla que había construido y en la que se casó con su esposa, el coqueto pabellón de críquet y el campo de deportes con cercas blancas adonde había llevado a los héroes del deporte australiano para que retaran al equipo familiar en partidos amistosos.

De pie en el porche del chalé en el que dormíamos mi esposa y yo, Russell señaló un escarpado en la distancia que se levantaba como un centinela a la espera de su reino tintado del traslucido de las colinas muy, muy lejanas.

Desde luego esto era un reino, un monumento natural a la familia por el que Russell había sudado de lo lindo, y como Camelot, dedicado a todos sus campeones.

Las apuestas estaban ahora por las nubes, regrese a Sydney lleno de entusiasmo y de temor –esto ya no era un alegre paseo, porque yo estaba a punto de abandonar mis propios sueños para sustituirlos por un lugar en el faldón de alguien más.

Y así empezó un turbulento capítulo en la balada de Jack y Russell, unas cuantas semanas coronadas con crecientes sospechas y desacuerdos, normalmente por mis objeciones a sus esfuerzos por manipular a los medios y su resentimiento por eso.

Le comenté que él era demasiado importante para molestarse personalmente con los columnistas de cotilleos, que todo lo que tenía que hacer era ser el tío estupendo que me había mostrado a mí y el mundo descubría la verdad en su mejor momento. Con decisión, aunque con buen trato de precaución y retracción, contestó que yo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

Lo que es más, empecé a dudar de si mi amistad con Russell Crowe era exclusiva del todo. Se había visto a Russell paseando con periodistas rivales. Había rumores de que si él estaba escribiendo un libro con otro. Tuve noticias de otro artículo de Cinderella Man en marcha, la periodista local destapando su amistad con Russell y contando sus charlas nocturnas en la granja de la estrella. Se me había subido tanto a la cabeza todo que no se había ocurrido que podía haber más caballos en el mismo carrusel.

Como el que escucha murmullos de las infidelidades de un amante, empecé a preguntarme sobre mi lugar en el mundo de Russell. Me di cuenta de que a veces los mails que me mandaba contenían información de presuntos conocimientos que yo no poseía – finales de conversaciones, quizás, mantenidas con otros y que ahora confundían las nuestras. Nunca me presentó a su mujer, que parecía haberse quitado del medio para evitar a Kellie y a mí en el fin de semana en la granja, como si ella hubiera sabido que sólo estábamos de paso y no futuros conocidos. Finalmente me admití a mí mismo que nunca le había oído a Russell preguntarme por cosas de mi propia vida, mi salud, mi carrera, mi familia. Incluso cuando yo tenía prontos como “he pasado una semana espantosa”, la curiosidad de Russell no se vio por ninguna parte. Desde luego era un extraño tipo de amistad. Quizás es que no lo era en absoluto.

Por supuesto, Russell nunca me había ofrecido explícitamente su compañía ni me había pedido la mía. Se había referido a nuestra “amistad” ocasionalmente, pero esa es una palabra tan mal usada en todos los sitios de negocio que apenas significa algo cuando un trato no está saliendo. Hablando estrictamente, todo lo que me había ofrecido era un trabajo. Fui yo el que rechazó un sueldo, transformando mi tarea en un trabajo por amor. Fui yo, quizás, quien estaba siendo el que fuera por lo bajo, enmascarándome como un soldado de a pie mientras secretamente guardaba su amistad, y el estilo de vida que aquello prometía traerme.

Pero Russell Crowe no es estúpido ni inexperto en mi mundo. Nacido ni rico ni famoso, también había vivido una vez una vida ordinaria, en la cual “establecer contactos” no era más que una palabra de moda y las horas pasadas con calma en compañía de otros eran en busca de amistad o sexo y raramente mucho más. Desde su lugar en el techo de la sociedad, quizás se había olvidado de cómo son las cosas desde aquí, y como tal no era consciente de la confusión potencial de lo que nuestro tiempo juntos me había hecho imaginar. O quizás estaba contando con eso.

Pero ¿podría todos esos meses –las llamadas y los mails de medianoche, las largas noches de música y cotilleos que me había contado en confianza, el fin de semana, la charla de nuestro futuro-, podría todo eso haber estado al servicio de nada más que la promoción de una película? ¿Realmente la gente hace eso?

Recordé una noche de hacía tiempo cuando hablamos de otra estrella de cine que se rumoreaba estar citándose con su compañero de reparto, pensaba Russell, por la publicidad. Russell no lo aprobaba, pero su condena no mostraba sorpresa o disgusto, sólo una mueca y un movimiento de cabeza, como si ese jugador particular hubiese llevado el juego “demasiado lejos”.

Abrumado por estas dudas –y en parte, supongo, como una prueba de esta “amistad”- rechacé hacer la historia, proponiéndole a Russell los nombres de otros que yo pensaba que harían un buen trabajo en mi lugar. Me disculpé pero me sentía demasiado comprometido. “Creo que puedo serte útil en un futuro”, le escribí, “pero no esta vez”. La respuesta de Russell fue rápida y, pareció, llena de pánico. Quiso verme a primera hora.

Durante un largo paseo, con Charlie Crowe delante en su cochecito, Russell me explicó de nuevo que no podía ser nadie más. Tenía que ser yo o no habría historia. Le pregunté por qué me quería a mí sobre cualquier otro, y él me respondió con una sonrisa: “Porque es parte del proceso”.

Mis dudas habían sido idiotas. Mi nueva carrera en el ejército de Russell Crowe estaba asegurada después de todo. Ese simplemente era el examen final de mi graduación para una nueva vida como consejero de Russell.

Mientras trabajaba en la historia una noche le envié a Russell unas cuestiones por correo. Su respuesta, en un mail encabezado con “Joder... ¿por qué estoy haciendo tu trabajo también?”, llevaba un tono innegablemente agresivo. La contestación a una de las preguntas de una lista de sus propias faltas percibidas era: “Vete a la mierda … ese es tu trabajo.”

La razón por aquel repentino pronto de mala actitud era un misterio, aunque el mail acababa con la información de que Charlie había estado enfermo toda la semana y las noches sin dormir habían llevado a la familia “a estar más unidos, si eso era posible”. Se me ocurrió que aquello podía ser mero teatro para la historia: el hombre hablando grosero del que desaparece toda la cortesía por la devoción a su familia. Lo que Russell no habría sabido –porque nunca lo habría preguntado- era que yo podría haber tenido otra dura semana también, con mi niño enfermo. Así que estallé. Directamente le recordé que, en ese asunto, mi trabajo también era asunto suyo, y que “nunca volviera a mandarme a la mierda”.

Los días pasaron si recibir respuesta Cuando llegó no era airada, como habría esperado, sino dolida y confusa.

“Tío”, escribió, “he intentado ser valiente con esto pero me tomé tu último mail como un ataque abierto”. Comentó haberme escrito 2000 palabras antes de sacarlas de mala manera. No tenía ni idea de cómo responder, dijo, “a un nivel de rabia que hace desaparecer cualquier noción de una conexión previa”. Dijo que si yo no quería hacer la historia, que no lo hiciera.

Respondí que era demasiado tarde para eso, porque no quería fastidiar a mi editor dejando la historia. Le dije que si nuestra “conexión previa” le había enseñado que podía ser rudo conmigo entonces yo también estaba contento de hacer desaparecer esa noción. Cerré con una nota más suave –ya que él estaba considerando “trabajos”, quizás podría considerar hacer el papel de Batman en la fiesta de cumpleaños de mi niño. No le podía ofrecer dinero pero sí “todos los trozos de pastel y rollitos de salchichas que puedas comer”.

Temí que aquella lucha mano a mano echara el telón a mi relación con Crowe y, mientras esperaba que no, una parte exhausta de mí sabía que sería para mejor. Mientras quería y me sentía con suficiente voluntad para poner mi carrera al servicio de la suya, no tenía ni el aguante ni la inclinación a convertirme en el chico de los recados de Russell, en su “sí, señor”, en el robot dependiente de su irascible Doctor Smith. Era mejor que él lo supiera ahora y no después.

Y si Russell y yo separábamos nuestros caminos, yo ya sin ser su futuro publicista, se me ocurrió que ahora podía ser libre para escribir mi propia historia, toda la verdad sobre Crowe como yo la había visto. Era un proyecto tentador, y una manera limpia de salir de un atolladero moral.

Pero me decidí por lo contrario. Escribiría una historia que sirviera bien a Russell, como un regalo al hombre que me había proporcionado una oportunidad así. Un agradecimiento a la amistad que podía haber existido, por el vuelo al Norte y por dejarme echar una miradita a la grandeza. Y, por lo que sabía, habíamos conseguido cosas después de todo. No había necesidad de romper mi apuesta antes de que acabara la carrera.

Así que escribí una historia que traicionó a mi memoria, y también a mi periodismo. No escribí sobre las confidencias que me hizo, los hábitos antisociales que noté con interés, o aquellos murmullos que dejaba caer en los oídos de un periodista. No escribí sobre la manipulación que había visto con mis propios ojos, los columnistas con los que hizo tratos, o los críticos con quienes era amable y amistoso y generoso con su tiempo, solo para contarme después que pensaba que eran estúpidos. No revelé que había deseado haberle rebanado el cuello al conserje con el teléfono.

No hice mención de mis problemas con Cinderella Man –las escenas de lucha que le debían la vida a Toro Salvaje, o el falso retrato de Max Baer como un asesino, historia editada por la conveniencia de la moralidad de Hollywood. No escribí nada de ese chiste sobre matar al periodista, o el comentario sobre el conserje y que no pasara del tema -como si la víctima tuviera que mostrar caridad y aplomo donde su asaltante no lo hizo.

Lo más sacrificado de todo fue guardarme mis propias y más oscuras sospechas –que no era amiga de Russell Crowe, sino solo otro músico más en la orquesta de una sola canción, un instrumento de relaciones públicas en la caja de una estrella de cine, seducido por el encanto, abrumado por las promesas e impulsado por mi propio ego y avaricia en creer que aquello no era otra cosa que el negocio del espectáculo. Todas estas cosos podrían haber constituido una gran historia - Ninguna de ellas escrita por mi.

En vez de eso, añadí a la galería internacional de retratos exponiendo a Crowe como el Gran Incomprendido. Hablé –con bastante honestidad, como lo había visto- de su buen corazón, su dispuesto humor, su agudo intelecto y su augusta dedicación a su arte. Conté la verdad de su ego popular con un cuento de primera mano sobre la humildad del hombre. Traté el asunto del teléfono, cogiéndole prestada su explicación de por qué “lo que tu digas” es el nuevo “ que te jodan”. Incluso le di a Cinderella Man un empujón gratis, convirtiendo en satisfactoria mi asquerosa “tarea” como un publicista sin paga.

Pero la historia no fue solo besos al viento, porque no se pueden creer y yo no las hago. Mencioné nuestra discusión –aunque no el contenido de ella- y que ya no volvimos a hablar. Sugerí que a veces Russell se toma demasiado en serio a sí mismo. Toqué el tema de su mala reputación con los medios, aunque les eché la misma culpa a ellos por eso. Esas indiscretas sombras de intriga y duda mitigaban mi propio sentimiento de auto traición, pero ellos también actuaron al servicio de un objetivo, investigando los pasajes más cariñosos con un brillo más creíble. Que un hombre moderno e inteligente, podía fracasar en apreciar semejante psicología elemental parecía en ese momento tan improbable que yo ni siquiera consideré que fuera posible

Puedo decir que conté la verdad, pero no toda, mi historia estaba podrida hasta el tuétano con omisiones y favores, y odié escribir eso. Cuando acabé me juré que nunca más me pondría en el lugar de escribir algo para alguien excepto para el lector.

El día que se publicó el artículo, recibí un inusual montón de buena crítica, lo que me tomé tragándome la saliva. La gente encontró la historia “cálida”, “real” y “con empatía”, unos pocos me contaron que nunca les había gustado Russell hasta que la leyeron. Un lector sí me escribió que había “maldecido a Crowe con una loa falsa” y eso fue lo peor de aquel negativo mail.

Al día siguiente, Kellie y yo partimos hacia unas vacaciones de tres semanas a NY, un viaje para el que habíamos estado ahorrando casi un año. Antes de irnos, decidí mandarle un mail a Russell, nuestro primer contacto en semanas. Le conté que la historia había salido y esperaba que no tuviera demasiados problemas con ella. Le expliqué que mencionando nuestra discusión quizás suavizaba los cargos de manipulación. Había querido que la gente, le escribí, supiera que “eres un tío inteligente, divertido, de gran corazón” y que “quería contarlo de un modo que no oliera a publicidad –dejarlos que lo vieran por sí mismos”. Y firmé diciendo que estaría encantado si él deseaba continuar nuestra amistad pero, si no, que había sido estupendo conocerle.

En cuanto llegué a NY, revisé mi correo en un cyber del SOHO, no lejos del Hotel donde el conserje había sido agredido.Había una respuesta de Russell.

Eran tres palabras.

“Sí, sí, lo que tu digas”.

Kellie y yo lo discutimos esa noche con toneladas de cerveza en el Old Town Bar. El artículo no había sido para lanzar las campanas al vuelo, pero tampoco una faena, y tal como Russell Crowe esperaba. Ese gruñido de desprecio – el “insulto más bajo” de todos- era todo lo que podía comentar después de tantos meses buscando una onda común que se había estropeado una noche. Yo había sido el cabrón. Era la única verdad que tenía sentido.

Era momento de olvidar, de borrar su dirección y dejar de seguir a Russell Crowe. No borré su número de mi teléfono –por alguna razón creía que podía necesitarlo.

Justo antes de volar a casa, recibí otro mail de Russell, mucho más largo que el anterior.

Mi trabajo, dijo Russell, era “insuficiente y de mierda”, mis opiniones “no pedidas”. Era uno cualquiera del montón que no tenía ni idea ni sentido del honor. Yo había traicionado una amistad, aparentemente, y mi niño se merecía un Batman mejor que cualquier cosa que se le ocurriera a su padre. Era hora, dijo, de que yo siguiera con mi propia vida – como si yo no hubiera estado haciendo nada más antes de marzo.

Había desaparecido la cauta y herida víctima de altercados pasados –ese fantasma se había evaporado al final del escaparate de publicidad. Ahí estaba el Russell Crowe del que había leído todos estos años, el gilipollas creído y egocéntrico del que yo mismo me había convencido –y cualquiera que lo hubiera escuchado- era sólo una ficción cínica de los medios. Significativamente ese fue el único mail –el primero en nuestros 6 meses de comunicación- que Russell firmó con su verdadero nombre.

El mail concluía con un aviso que encontré extrañamente inspirador: “Deberías dejar de hacer el gilipollas, Jack, y dedicarte a escribir libros. Es lo que se supone que haces”.

Pensé en ello todo el camino de vuelta a casa desde NY. Quizás tenía razón, -yo podía tener un libro que escribir después de todo. Una pequeña fábula de cómo esta gente es falsa, y lo que se ve en una película es sólo la punta del iceberg. Cómo la publicidad es un estilo de vida para él, que lo busca, sus mentiras indiscernibles desde nuestras oraciones diarias, su conciencia olvidada por sus sueños de estrella de cine. Cómo el éxito puede hacer a un buen hombre hincharse con ambición por las alabanzas, innecesariamente tirándose un farol sobre su costumbre por adquirir los buenos libros y comprando los malos. Sobre cómo esa cosa egoísta que son las películas está fuera de control y los personajes saltan de la pantalla y actúan en la vida cotidiana. Todo el mundo es un escenario, lo parece, y una solo élite es consciente del argumento. Nosotros, extras sin idea, estamos ahí para que nos engañen y abusen de nosotros porque el espectáculo que celebran las estrellas debe continuar.

Cuando aterricé en Sydney, pensé que podía tener ese libro. Una historia de advertencia, que hubiera podido desear leer antes del Otoño de 2005. Después de todo ¿no había sido el propio Russell el que me había dicho que era eso lo que hacía? La cuestión que no podía responderme era si de verdad lo haría.

Evidentemente, Russell Crowe también había estado pensando lo mismo.

Seis meses después de la primera llamada, recibí un último correo, corto, críptico e indudablemente poco sociable. Llamé a Russell y le dejé un mensaje en su buzón personal, pidiéndole que me explicara el significado. No ha habido respuesta.

Se titulaba “ideas para un libro”, y buscaba mi atención lejos del tema de Russell Ira Crowe y considerar, en vez de eso, a uno de sus colegas:

"Michael Castellano, el personaje de la canción Mickey. Nacido en Staten Island, de una familia de la mafia... Es un contador de historias fascinante.”



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