jueves, 21 de diciembre de 2006

Otra crítica

Otra crítica de "Un Buen Año" del "Diario de Yucatán"



Hollywood repite la dosis

MANUEL ALEJANDRO ESCOFFIÉ


Max Skinner (Russell Crowe) es uno de los más exitosos y despiadados banqueros de Londres, siempre decidido a la conquista del mercado europeo bajo el seguimiento constante de su credo: “Ganar no es lo más importante, es lo único que hay”.

Tras la noticia de que su anciano tío Henry (Albert Finney) ha fallecido en Francia, se dispone a encargarse de los pendientes legales en su herencia, que incluyen un viñedo donde acostumbraba pasar las vacaciones de su infancia. Poco después, Max descubre que su propia firma lo ha suspendido bajo la sospecha de un posible fraude. Ahora, con un futuro incierto, decide establecerse indefinidamente en la campiña francesa con la esperanza de aprovechar el potencial económico en la explotación de la propiedad, sólo para encontrarse con rostros conocidos de su pasado: la presencia de una enigmática joven que afirma ser la heredera legítima y una perspectiva diferente de la vida que no había conocido desde la última vez que entró en contacto con las enseñanzas de su tío.

Es difícil ir a lo largo de todo el trayecto de esta historia sin preguntarse qué fue lo que Ridley Scott vio en ella desde un principio. Tal vez necesitaba tomarse una larga temporada de descanso en una pradera europea luego de haber tenido que lidiar con gladiadores y caballeros de la edad media en sus producciones anteriores. ¿Habrá sido necesario tomarse la molestia de hacer una película tan sólo para eso? Quienes ya han ido a ver “Un buen año” que saquen sus propias respuestas a esta incógnita.

A los que todavía no lo han hecho les corresponde saber que, desde la humilde opinión de quien redacta estas líneas, no tendrán mucho que esperar ni que perder, aunque el espectador más autocomplaciente verá cumplida su garantía de un par de inofensivas horas de ocio.

Siendo francos, y con todo el vino y la filosofía de las que presume, la historia no se separa en ningún momento de la consabida fórmula del citadino insensible que cambia su manera de ser al entrar en contacto diario con la belleza de la naturaleza, melodía que Hollywood nos ha cantado hasta el hartazgo en muchos otros filmes para supuestamente inculcarnos el gusto por las cosas sencillas de la vida.

Y por si los estereotipos no fueran suficientes; encontramos que, en un argumento como éste, a fuerzas debe ser una mujer la que termine por enseñarle la luz al patán que es el protagonista.

Como buen egresado de la escuela de publicidad, Scott no puede evitar brindarle un peso considerable a las imágenes silvestres, al punto de alcanzar un engolosinamiento al que sólo me siento capaz de describir como abrumador (y no precisamente en el buen sentido del término).

Quizás lo más interesante de la película resida en el prospecto de observar los intentos no muy afortunados de Russell Crowe por desplegar en ciertas escenas su madera cómica bajo un estilo fluido y natural. Contemplando como juega a ser Jaques Tatí mientras que su director convierte cada rincón del paisaje en una postal turística, se queda uno con la idea que el rodaje debió haber sido mil veces más divertido que el producto final. Tras las campanadas finales de este “buen año”, el espectador será el único invitado a la fiesta, pero sin verdaderas ganas de un brindis.—



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